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Enfoque Por Salomón Beltrán Caballero |
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¿Puede el hombre jactarse de
ser dueño de lo que posee? , si bien es
cierto que debemos de esforzarnos para tener suficiencia en el cumplimiento de
nuestras necesidades y de las necesidades de nuestra familia, en ocasiones,
rebasamos con mucho esa intensión, y empezamos a atesorar bienes materiales, en
la falsa idea, de que entre más tengamos y más evidente sea nuestra prosperidad
al posesionarnos mejor en la tierra y ocupar un lugar de distinción, podríamos ser más
visibles a los ojos de Dios, y con ello lograr su gracia, mas, por el
contrario, podríamos estar con ello alejándonos del sitio que anhelamos tener
en el cielo, si esa prosperidad está reñida con la espiritualidad y la doctrina
de Jesucristo. “Con esta ocasión les dijo estad alertas, y guardaos de toda
avaricia: que no depende la vida del hombre de la abundancia de los bienes que
él posee” (Lc. 12:15).
Cuando el hecho de tener más
de lo que se necesita para vivir se vuelve preocupante, es el momento de preocuparte más por tu salud física, mental y
espiritual; porque es innegable
que ahora tus prioridades han
cambiado. “Que no consiste el reino de Dios en el comer, ni en el beber esto o
aquello, sino en la justicia, en la paz y en el gozo del Espíritu Santo”
(Romanos 14:17).
Un hombre había salido bien
librado de una terrible enfermedad, más no había quedado bien del todo, pues
tenía cierta dificultad y en ocasiones dolor intenso para mover los brazos,
cuando ello ocurría solía externarlo abiertamente, dando conciencia de ello a
aquellos que estuvieran cerca, los cuales se compadecían de él; un día pasó a
su lado un hombre sabio y al escucharlo éste le dijo: ¿te duele mucho?; ¡si
señor me duele mucho! – replicó el doliente-, y no crees que te hubiera dolido
más si hubieras muerto?; si hubiera muerto señor no me dolería -repuso el
afectado- entonces qué prefieres, estar vivo y con dolor, o lo contrario; por
supuesto que estar vivo – repuso el enfermo-; entonces deja de lamentarte, que otros no tuvieron la fortuna de salvar su
vida y agradecerle a Dios por ello. Al término de esas palabras un par de
tórtolas pasaron volando muy bajo, casi rozando la cabeza de aquel par de
hombres, entonces el sabio repuso: ¿Acaso escuchas a ese par de tórtolas
quejarse? Ellas también sufren como tú y todos los hombres, porque son seres
vivos; más ellas están ocupadas en atender sus necesidades más apremiantes, y
no se preocupan por lo que pudiera pasarles, Dios les dio la vida y están por
ello eternamente agradecidas con Él y conformes con lo que les ha tocado vivir.
Muchos de nosotros nos
quejamos amargamente por lo que damos en llamar “la vida que nos ha tocado
vivir”, nuestra ceguera y sordera espiritual no nos deja ver a plenitud el
milagro de la vida y no nos deja escuchar con claridad la invitación permanente que nos hace
Jesucristo para reconocer los bienes que nos dan la vida eterna de los que son
sólo producto de una ambición desmedida; ser pobre no es ningún castigo de
Dios, ser próspero tampoco implica estar alejado de Dios, si en tu corazón reina el amor de Jesús, seguramente sabrás
qué hacer con tu riqueza o con tu pobreza.
Cuando me dedico a elaborar
el mensaje dominical, me agrada rodearme de elementos para estar en armonía con
Dios, en ocasiones no logro tener todo aquello que pensaba era indispensable
para entrar en tan divina inspiración, más Jesús me ha enseñado que lo único
que necesito es escuchar a mi corazón porque Él habita ahí permanentemente.
Dios les de prosperidad para
ser siempre justos, para que la paz siempre reine en sus hogares y para dar
gozo al Espíritu Santo que habita en sus corazones. Dios bendiga todos nuestros
Domingos Familiares.
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